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08
May-2015

Quien camina por las calles de Acupe (BA) en los domingos de Julio, no tiene como no conocer las tradicionales “Caretas de caucho”. Es mucha gente, niños y adultos, vistiendo máscaras y ropas asustadoras y pegándole a quien los provoque.

Aparecen cuando menos se espera, uno da vuelta a la esquina y surge un grupo de caretas, caminando en dirección a uno con miradas absolutas y penetrantes.

Toda la comunidad es palco del miedo, del susto y del coraje de desafiar dicho miedo, en esos domingos de Julio.

El juego es así: las “caretas” caminan con sus varitas con el objetivo de atacar quien las provoque. Circulan misteriosas, vestidas con trajes que las dejan irreconocibles, esperando alguien valiente que las desafíe, las provoque, entonces… Un juego de desafíos se establece.

 

“Ven careta, ven!!!”.  Esa es la clave para que las caretas corran en movimientos increíblemente rápidos atrás de esos provocadores que, por su lado, salen en disparada para refugiarse en alguna casa o, simplemente, corren hasta la careta cansarse y desistir de la caza. 

Al asumir la desistencia, el provocador queda libre, desarma el cuerpo y hasta puede recibir un abrazo de la careta, señal que se trata de un juego. Una verdadera experiencia de ser el cazador o la caza, el monstruo o el guerrero desafiador; de vivir el miedo y el suspenso de ser agarrado, o la oportunidad de pegarle a los provocadores. 

Monilson Pinto jugó mucho a las caretas cuando era niño y hoy cursa mestrado en San Pablo en la UNESP, pero no deja de volver siempre a Acupe en el mes de Julio. Compartió con nosotros su experiencia de niño: 

“Cuando se viste una máscara, uno no está escondiéndose, al contrário, está presentándose, mostrando lo que de hecho somos. La máscara es solo un pretexto porque en verdad es uno quien está allí, son nuestros sentimientos y deseos, es uno allí en aquel momento, todo lo que uno siente, uno entregándose para aquello, colocando para afuera todo lo que uno tiene de sí, y ofreciendo lo que uno tiene para los otros”, nos dice Monilson. 

Y continúa: 

“El niño viste la careta porque tiene miedo de careta. Tiene curiosidad de saber del miedo, quiere vivir en su piel ese miedo, como enfrentarlo, y quiere también provocar miedo en las personas”.

 Es la oportunidad para que los niños vivan su própio miedo en dosis que consiguen controlar.

Cada uno decide lo que quiere vivir y si quiere o no entrar en el juego. Están los que les gusta vestir la careta, o los que prefieren huir de ellas; pueden cambiar el papel de un domingo a otro, o simplemente hay días en que no quieren participar de nada, la elección es libre. Pero la oportunidad de vivir y enfrentar el miedo es de todos. 

Para vestir una careta es preciso alquilar una de esas máscaras industrializadas, con algunos dias de anticipación, porque no hay máscaras suficientes en la ciudad para tantos niñas y niños. Por R$ 4,00 uno tiene derecho a usarla por un período.

Aparte de la máscara son necesárias ropas, de preferencia, rojas, negras o blancas y que cubran todo el cuerpo, sin dejar el mínimo vestígio de quien viste aquella vestimenta. Saco, pantalón, medias, guantes y capa componen el vestuário. Se usa lo que está disponible, sobretodo para la capa. Ya vimos capas hechas con manteles, cortinas viejas, tejido de paraguas, retazos de EVA, o lo que esté al alcance de la mano. Toda esa vestimenta puede también ser alquilada, lo que produce una adaptación al cuerpo del nuevo cliente con cintos de cuerdas atados a  la cintura, mangas más largas que los brazos y largos manteles arrastrándose por el piso; lo que importa es estar dentro y estar totalmente cubierto.

 

La regla básica de las caretas es estar irreconocible, así que ni siquiera hablar está permitido ya que alguien podría reconocer nuestra voz. Las personas quedan calladas por horas, sólo asustando unos a los otros, cojeando, o mostrando su horripilante cara y sus varitas de látigo. 

Atrás de las máscaras se pueden hacer cosas que uno no tiene coraje de asumir en otros momentos. Por ejemplo, hay muchas escenas de caretas aproximándose de lindas muchachas, jugando el juego del flirteo, sin mostrar quienes son.

En ese tipo de juego no hay vandalismo o personas que salgan lastimadas. La violencia es del tamaño de la sátira, del desafio y del coraje de cada uno. 

Pero no siempre fue asi. 

“Antiguamente las caretas eran de cartón, no existían esas de caucho; pero debido a las quejas de la población con el exceso de violencia practicada, algunas personas decidieron hacer con que salieran del bloque, sin agarrarse y sin correr atrás. Se transformó entonces en un bloque con una banda que acompaña al grupo unicamente con una simulación de correr y asustar a los demás. Entonces, como no había más quien confeccionara las máscaras de cartón para salir a la calle, como forma de resistencia empezaron a usar esas máscaras industrializadas”, cuenta Monilson. 

En aquella época sólo existían caretas de adultos y sólo en las tardes de domingo; y los niños no jugaban a las caretas. Empezaron a salir por las mañanas con caretas, porque de tarde tenían pavor de las caretas de los adultos y no tenían como encarar aquello. 

Los adultos invierten más en la forma de disfrazarse y crean personajes que son, al mismo tiempo, graciosos y asustadores. Hay caretas de adultos que fingen estar embarazadas, gorilas enormes y varitas que cargan murciélagos o ratones muertos de verdad. Los niños viven los personajes en la esencia del miedo, sin muchas inversiones extras.

Los niños menores viven este juego a su modo, se ponen partes de las ropas y máscaras durante la semana, cuando nadie más está de careta, sin necesidad de asustar o correr atrás de alguien. Viven esencialmente la fantasia de la careta.

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La mayoría de la población de Acupe apoya esta manifestación. “Cosa de niños para divertirse, no hay nada de malo en lo que hacen” afirma la madre de Érica, una de las niñas que acompañamos desde el momento en que vistió la careta hasta las embestidas contra sus provocadores.

Pero hay quien desapruebe. Presenciamos escenas de padres saliendo por las puertas o por las ventanas de sus casas levantando un palo y amenazando quien entrase atrás de sus niños. “Ven aquí que te agarro de verdad, ven!” gritó un padre atrás de una careta. Sin embargo ya oímos decir que la misma persona que se queja que las caretas están muy violentas, pregunta si las caretas no van a salir.

De una u otra forma, las caretas resisten al tiempo, a la cultura y a todos los matices de la vida moderna.

No se sabe quien inventó esa história, pero entre algunas versiones, Monilson cuenta esta: “Los negros cuando huían a pie, como los cazadores estaban a caballo, la posibilidad de captura era grande. Los negros, sabiendo de todos esos mitos que asustaban a los cazadores, sacaban la cáscara del coco para hacer máscaras para asustarlos, de donde proviene la careta. Surge de la necesidad de asustar a quien quería capturar a los negros. Esa es una de las histórias, existen otras, pero esa es la que siempre cuento.” 

Una história que continúa incorporada en los Acupenses.

“Eso es lo que alimenta la identidad de esta comunidad, que muestra quienes son. Uno no ve en el discurso de la gente de aquí referencias a los sufrimientos de los negros esclavos, sus luchas en las plantaciones, etc. Ese discurso se terminó y hoy en día está incorporado, está en los domingos del mes de Julio, está en los batuques de los terreros” completa Monilson.

Texto y fotos: Renata Meirelles

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