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30
Abr-2015

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Para poder mirar los contornos de Tatajuba, solo con ayuda, como en el cuento de Eduardo Galeano, cuando el hijo, al avistar el mar por primera vez, le pide a su padre: “Me ayudás a mirar?”.

La exuberancia de la naturaleza nos exige silencio para mirar, pide una nueva mirada, una mirada infantil, de aquellas que ven cosas con la sorpresa de la primera vez.

De esta manera, tratar de describir el paisaje es desmerecer la realidad, perturbar demasiado ese silencio. Sólo siendo poeta para arriesgar decir sin ofender a las imágenes.

Tatajuba, o más precisamente, Nueva Tatajuba, es una entre las cuatro comunidades de ese rincón de Brasil donde es posible ver la puesta del sol sobre el mar.

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Las arenas de las dunas que traen turistas de tan lejos, son temidas por los habitantes. Son ellas que definen donde es posible vivir, plantar y criar animales. Fueron ellas que dividieron a la antigua comunidad, enterrando casas, plantíos, escuela, iglesia, y obligaron a sus habitantes a crear cuatro nuevas comunidades: Nueva Tatajuba, Villa San Francisco, Villa Nueva y Baja Tatajuba.

Quien vivió en la década de 70 por aquí, mira a los lados y ve esas arenas con desdén. Sacaron lo que pudieron de sus casas como tejas, maderas, algunos muebles y, con el esfuerzo de permanecer en la tierra donde nacieron, irguieron de nuevo sus vidas en áreas un poco más lejos de las dunas.

Actualmente corren el riesgo de tener que salir de ese lugar, no ya por causa de las arenas de las dunas, sino por la fuerza humana codiciosa de las grandes empresas y emprendimientos turísticos. Se encuentran en grandes disputas judiciales para no tener que abandonar sus casas y la tierra donde nacieron.

Cada una de las cuatro comunidades abriga entre 500 y 900 habitantes, siendo que Nueva Tatajuba es la mayor. Aquí la escuela va hasta el noveno año, el centro de salud abriga al único médico de la región, aparte de tener algunas instalaciones turísticas. Es en Nueva Tatajuba donde nos instalamos y estamos siendo acogidos de forma encantadora por todos, adultos y niños.

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Los juegos amanecen temprano, alrededor de las 7 de la mañana, ya que a las 9 de la mañana es mejor ya estar de vuelta, al abrigo debajo de algún techo o a la sombra de un árbol, sino el sol nos derrite, derrite a los equipamientos fotográficos, derrite los movimientos y, sobretodo, las ideas. Increíble la fuerza de ese calor. Solo es posible volver a las actividades a eso de las 16 horas, cuando todos retoman el día y salen de casa nuevamente.

Por la noche es una fiesta de fina brisa, magnífica para exhibir películas en la plaza, aprovechando las escalinatas de la iglesia como platea y nuestro auto como pantalla. La luz de la luna se ha empeñado en alimentar nuestras charlas después de las películas y en intercambiar tantos conocimientos entre nosotros.

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Texto: Renata Meirelles

Fotos: Google Earth, David Reeks y Renata Meirelles

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